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Reflexión de los Dolores y Gozos de San José: sexto dolor y gozo
Documento agregado el 02/03/2008 13:39:57

Mt 2, 19-23

“Al morir Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, toma al Niño y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del Niño”. Él se levantó, tomó al Niño y a su Madre y se fue a la tierra de Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños, se retiró a la Región de galilea. Y fue a vivir a una ciudad llamada nazaret, para que se cumpliera lo que habían anunciado los profetas, que sería Nazareno.”

De nuevo, un domingo más, nos encontramos con la importancia de los sueños en la vida de José: “Levántate, toma al niño y a su madre”. Y por lo que pudiera ser, vete a Nazaret, a lo pobre. Así su hijo podrá ser llamado el nazareno, el galileo. Es como si le viniesen a decir: olvídate de todo lo pasado y abre tus ventanas a la esperanza. Unas ventanas que, en realidad, nunca había cerrado; pero las ventanas sirven para vigilar, nos ayudan a estar atentos.  El ángel manda a José volver a casa. Y por encima de todo esto sería para la joven pareja un motivo de gran gozo, que debería enseñarnos a valorar más las cosas que tenemos, el no tener que vivir exiliados; tener conocidos, vecinos…, hasta casi el mismo aire que nos rodea y nos recuerda que estamos en casa, que nos deja ser nosotros mismos. Así pues, al dolor del exilio, el gozo del retorno.

No contemplamos a José para mirar su vida, sino para interpelar la nuestra. Lo primero que vemos como una constante en la vida de San José a lo largo de estos domingos es el imperativo, “levántate”: Acepta a María, búscale un sitio para nacer el niño; levántate y circuncídalo, de pie dando el nombre a Jesús y proyectando su futuro como Mesías; de pie también en las escalinatas del templo para presentarlo como luz de las naciones y levántate de nuevo y huye, regresa… José, el hombre de fe por antonomasia, como Abraham, representa el pueblo de Dios en marcha, cumpliendo la voluntad de Dios. Estar de pie significa dignidad, aceptar plenamente los caminos de Dios que tantas veces son distintos de los nuestros. La fe es dinámica. Lo normal es que sea la madre la que tome al niño, pero se quiere recalcar el papel protector y de cabeza de familia de San José. Él es el responsable de María y Jesús. Y aunque pueda parecer que su “papel” sea menor, no lo vive con complejos, sino que cumple gozosamente su función. La verdad, como decía Teresa de Jesús, padece e incluso muere en la cruz, pero no perece, resucita y termina resplandeciendo.

Pongamos, como José, los ojos en el Señor, no en nuestras manías. Los cristianos deberíamos estar siempre prestos en la fe, atentos con el oído fino para dar el paso cuando lo requiera la situación. Y la realidad nos dice que en muchas ocasiones ni sabemos escuchar, ni quitarnos los ruidos que nos rodean. Hemos de caminar los caminos del Señor, crecer en la fe. Aprender a ver las cosas desde la óptica de Dios. ¿Hubiera preferido, José y María, quedarse en Belén? Pudiera ser, pero vuelven a Nazaret, donde comenzó su historia. Y allí formarán un hogar estable; enseñarán a Dios a ser lo que él mismo creó: un ser humano. José convertirá al niño en aquél que sabrá ocuparse de las cosas de su padre. Pidámosle nos ayude a madurar nuestra fe, crecer hacia él, saber vivir nuestra vida con llevando con ilusión nuestros dolores y gozos.

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